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La seguridad privada empresarial es un sector con un crecimiento constante en los últimos años. En 2019 la cifra de negocio en España fue de 4.800 millones de euros, aproximadamente un 5% más que en 2018, incremento similar en los cuatro últimos años.

Los servicios de vigilancia siguen generando la mayor parte de dichos ingresos, un 56% del total, pero la línea de negocio que más crece y que amenaza con convertirse en la más importante es la asociada a la tecnología. La instalación y mantenimiento de un número cada vez mayor de dispositivos conectados a las CRA (Centrales Receptoras de Alarmas) suponen ya más del 37% de los ingresos de las compañías de seguridad y es el negocio que crece mayor ritmo en las empresas de seguridad.

De cualquier forma, todo el sector se está transformando a través de la tecnología. Las cámaras, detectores de presencia y otros sensores electrónicos se combinan con los vigilantes humanos formando todos ellos parte de un ecosistema que capta información, la procesa (bien en origen, bien de forma centralizada o ambas), y genera alertas en tiempo real para que se tomen las acciones que requeridas.

Los vigilantes humanos aportan mucho más valor del que pueden tener las cámaras, son dinámicos y pueden cubrir un ámbito de vigilancia mucho mayor. Además, interactúan con personas implicadas y captan una información mucho más valiosa que una cámara, por ejemplo un intento de robo o un accidente en las instalaciones vigiladas. Y por supuesto pueden actuar, tanto reactivamente, para intervenir en una situación de inseguridad, como proactivamente si recibe desde su centro de control información de un riesgo próximo que puede gestionar y evitar que se produzca un daño, como cerrar una tienda si se aproxima una manifestación violenta.

Pero los vigilantes humanos tienen también un coste mucho más elevado que los sensores electrónicos, pueden tener que ausentarse por temas personales imprevistos y requieren además una gestión de turnos compleja. Por otro lado, la tecnología ofrece ya software que posibilita el movimiento autónomo y cada vez mejores procesamientos de imágenes para interpretar sin intervención humana qué ocurre ante una cámara. De esta unión de necesidad o conveniencia de unos vigilantes más económicos y previsibles, con la disponibilidad de la tecnología adecuada están surgiendo los primeros robots de vigilancia.

La mayoría son a día de hoy un prototipo, como Guardbot, un robot anfibio que puede desplazarse por cualquier superficie, equipado con cámaras, micrófono y GPS, cuyo movimiento puede ser de forma autónoma o dirigido por control remoto. Está previsto que también se equipe con otros sensores (cámaras de visión nocturna o sensores térmicos), según el uso que queramos darle. Su precio estaría alrededor de los 100.000 dólares.

Pero ya hay algunos que son plenamente operativos, y que están prestando servicios en distintos entornos; en muchos con poca interacción con humanos como parkings, pero en también en otros donde sí que hay mucha presencia humana, como centros comerciales u hospitales.

Es el caso del Knightscope K5, que lleva ya varios años en el mercado americano. La empresa que lo comercializa no lo vende, se alquila por unos siete dólares la hora o 4.500 dólares al mes, que con lo que se paga en San Francisco por un vigilante humano, el coste es significativamente menor. Se desplaza a una velocidad máxima de cinco km/h, lo que garantiza que no arroyará a personas que puedan estar en sus cercanías. El K5 está programado para patrullar, detectar intrusos y escanear matrículas, además de grabar todo lo que ve. Pero no puede emplear la fuerza ni detener a delincuentes, ya que se trata solo de un elemento disuasorio. Todos estos robots están limitados (por ahora) a la captura de información y alerta. Cualquier intervención tendrá que realizarse a través de un humano.

En España aún no conozco ninguna experiencia real, pero la tecnología no conoce fronteras (más allá de las legales). ¿Estamos preparados como sociedad para interactuar con robots que se desplacen junto a nosotros en nuestro día a día? ¿Aceptaríamos que cuando paseamos por el centro comercial un cono de un metro y medio de alto y 200 kilos pase junto a nosotros? No lo tengo claro, creo que aún habría un cierto rechazo, pero es cuestión de tiempo.

 
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